sábado, 23 de marzo de 2013

EL SEPELIO DEL SEÑOR FERNÁNDEZ








Trujillo es limpiabotas, es negro, es borracho. Duerme su sueño alcohólico  acostado  sobre el sillón donde todos nosotros nos hemos sentado mientras él nos limpia los zapatos.


 Trujillo tiene un perro y tiene la tapa de una lata de betún llena de monedas. Nadie puede coger monedas de esta tapa mientras Trujillo duerme su curda vespertina.


 El Sr Fernández no lo permite. El presunto ladrón simula el intento de sustraer una moneda y el perro gruñe, muestra los dientes, chasquea las mandíbulas, eriza los pelos del cuello. El animal dobla su tamaño y la ferocidad de su ronquido pareciera que multiplica el  largo  de sus colmillos.



 El Señor Fernández es  un perro sato, mezcla de diez rasas. Su pedigree  se pierde en la bruma del pasado. Le hemos traído comida de la barra del Bar Mayito, hueso de jamón. El mira la delicia que le regalan. Le sale baba por el costado de las fauces.


Gruñe y se aproxima más a la tapa llena de monedas. Qué fidelidad, dicen, es más fiel que una gente.


 Todos en Morón conocemos a Trujillo y conocemos al Sr. Fernández.


 El Gordo Raúl, que luego se va convertir en el mejor poeta de su generación, dice que Trujillo es un filósofo. “La mierda es mierda aunque la cague una princesa.” Dice nuestro limpiabotas de lujo.  “Si la iglesia es la casa de Dios, ¿por qué le ponen pararrayos?” Dice nuestro borracho municipal. “Algún día conoceré una mujer honrada, no pierdo las esperanzas”. Dice el Truji sin abrir los ojos, como si durmiera  acostado en su sillón de limpiabotas. .


 Raúl, el poeta y Lagresa son buenos amigos de Trujillo. Muy pocas veces pagan la limpieza de las botas rusas. Yo no disfruto de esa distinción. Trujillo limpia bastante mal los zapatos, mancha las medias, y yo le temo a los perros. Como le temo los odio. 

Es comprobado que esas bestias huelen el miedo. Pero reconozco que Trujillo se me parece a Diógenes, el  Griego  que andaba en cueros. Si Raúl, que es mi amigo muy, pero muy inteligente, distingue a Trujillo pues sus valores tendrá.


 Todos usamos botas rusas. Y hoy estamos estrenando uniformes de milicianos. Huelen a desinfectante y a mata cucarachas. Raúl protesta el inconveniente olor y promete que cuando llegue a su casa botará camisa y pantalón. A mi me molesta mas el olor de las botas rusas. Apestan a cojón de oso. Dicen que hacen falta diez rusos para romper un par de botas. Las malditas deben matar a fuerza de peste.


 Leonel Lagresa, Raúl Rivero, el poeta y  yo  somos un trío de imberbes milicianos llenos de pasión y de pestes multinacionales.  Caminamos por  la calle Martí, la arterial vial más  importante de Morón, la ciudad del Gallo.  No nos gusta caminar por las aceras.


A uno lo ven mejor cuando camina por la calle Martí. Uno no es cualquier cosa para


Que lo estén empujando. Hombre hombre camina por el medio de la calle.


 Sorprendidos descubrimos que la calle Martí está llena  de carros. Camiones  rusos  cargados de caña, carretones  de tracción caballar,  máquinas de alquiler, guaguas, dos perseguidoras de la policía. Bicicletas y motocicletas. Es una cola larga de más de dos cuadras. Algo anormal está sucediendo.


 “Es un acto contrarrevolucionario de la gusanera”, dice el gordo Raúl.  Los tres sacamos nuestros revólveres calibre 38 y corremos hacia la punta de la cola de carros. La pitería es tremenda. Los acelerones de los motores y los gritos de choferes y acompañantes convierten la tarde de verano en un escenario de locos.  En las aceras se va juntando mucho público.  Cocote  Betancourt  nos dice adiós, el también  viste el uniforme de la milicia-


 La tranca de carros ha crecido detrás de nosotros. Es tiempo de zafra, finales de zafra, y los camiones cargan caña quemada. Huele a miel. Los choferes y sus ayudantes tienen los rostros manchados de negro. Un coche  colabora con el tranque. Su  caballo se ha caído y el cochero maldice y le da latigazos para que se levante. Los cabrones de las aceras gritan y se ríen.


 Nosotros tres, milicianos de uniformes apestosos,  de estreno,  calzando botas rusas chirriantes,   milicianos de revólveres calibre 38 corremos y sudamos.  Estamos ansiosos de enfrentarnos al peligro. Cuarenta grados de calor.  Mes de Mayo cubano.


 A unos metros de la calle Callejas, una media cuadra antes de llegar a la esquina,  el Cojo Ramos nos grita  “es Trujillo.” El cojito es poeta bohemio y es amigo nuestro.


“El problema es con Trujillo”,  dice.


 Tiene razón el Cojo Ramos. Trujillo esta de pie en medio de la calle Martí. Su enorme cuerpo flaco de negro borracho bloquea el tráfico.


 Pero no  está borracho. Trujillo está llorando. Carga sobre sus brazos una caja de fideos La Pasiega y dentro, muerto, va el Sr Fernández.


 Cuando llegamos hasta él,  revólveres  ridículos en las manos, vemos las lágrimas que ruedan por las mejillas oscuras del amigo inseparable del   Señor Fernández.


 Con paso militar  el Truji avanza por Martí y dobla por Callejas. Nosotros caminamos a su lado. Conscientes  del flaco papel que hacemos mostrando nuestra artillería de cañón corto, guardamos  los revólveres y avanzamos junto al limpiabotas.


 “Es que se murió el Señor Fernández,  el perro de Trujillo.  El Truji va  pal  cementerio. Va cargando al Señor Fernández.  Lleva al perro en la caja de fideos”  se gritan de una acera a la otra. Los conductores se enteran del suceso. Dejan de sonar las bocinas,  los  choferes  no fuerzan los motores. Algunas personas se quitan las gorras y los sombreros.


Un silencio nuevo inunda Morón. Cuarenta grados de temperatura. El verano es despiadado. Todos los que acompañamos el sepelio sudamos y caminamos en silencio.


Trujillo llora sin descanso. Sobre sus brazos negros, dentro de su caja de fideos La Pasiega, descansa para siempre el Señor Fernández




 Moya //La Habana




1985





1 comentario:

  1. Así los pensé siempre; "Los Tres Villalobos"-que ninguno era bobo-, más afrancesado;"Los Tres Mosqueteros", me gusta este relato!
    Mayda

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