sábado, 24 de agosto de 2013

CUATRO LEONES Y UN SARAPICO


Vieja crónica que desempolvo para ustedes. Sé que oculto los secretos comprometedores. Soy cobarde.

Sean ustedes indulgentes.

moya/2013

valencia






Los leones de este cuento se llamaron Roa, Puig, Félix Pita y Feijóo. El sarapico era yo. El insignificante era yo. Pero el sarapico los había reunido luego de dos decenios de separación. En su juventud fueron amigos inseparables, compartieron copas, ideas y mujeres. Luego explotó la burbuja de la revolución y cada quien anduvo su sendero particular.

Yo quería entrevistar a otro león, Wifredo Lam. El pintor de La Jungla estaba en la isla atendiendo a su salud destrozada. La ingrata señora de la guadaña asaltaba cada mañana los bastiones de Lam.

Estaba muriendo, y no lo sabíamos, aquella mañana en que Feijoo y yo alegramos su soledad de semi dios en silla de ruedas.

Las dos entrevistas que hice a Wifredo pueden servir para un trabajo mas largo. Publiqué una parte en el libro Estrictamente Personal.

Aquel día, de regreso del Reparto Siboney, donde estaba viviendo Lam, Feijóo me hizo detener   mi destartalado Fiat frente al edificio de la Asamblea Nacional.

Haciendo ningún caso de los guardias de seguridad que limitaban el acceso a tan importante edificación, Samuel cruzó todas las puertas y recorrió todos los pasillos que nos separaban de el Dr Raúl Roa, Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de la República de Cuba.

Feijóo le explicó de dónde veniamos, lo que habíamos estado haciendo y le obligó a que nos acompañara a casa de Puig  -Ernesto González Puig- para asaltar  luego a Félix Pita.

La crónica del fabuloso enredo que se armó entre los guardias de vigilancia de la Asamblea Nacional y los eficientícimos miembros de la Seguridad Personal y el enredo de ellos conmigo y de ellos con Feijó daría otra crónica. 

No tiene precio poder disfrutar los gestos de asombro, asco, desprecio de aquellos perros de la guerra al ver como entraban en mi destartalado Fiat 125m, Argentino, aquellos hombres  importantes, alegres como muchachos ignorando olímpicamente los esquemas de seguridad, las medidas de supervivencia en caso de atentado con bombas, cuchillos, ametralladoras o cartuchos de mierda.

 Delante un  lada con tres antenas. Nuevo. Caja quinta. Inundado de ametralladoras. Luego mi Fiat, con una antena de alambre de  perchero de ropa, falto de pintura, humeante su viejo y gastado motor. Detrás un auto Alfa Romeo, color azul ministro, con enormes antenas, mas ametralladoras y uniformes verde oliva. Esa era la caravana inusitada que recorría las barriadas de Miramar, Nuevo Vedado y Almendares

sorprendiendo a los peatones, las palomas y los gorriones, mientras se reunían los leones y gozaba el sarapico.

Buscamos a Puig y nos regresamos a casa de Felix Pita Rodríguez, el poeta, el cuentista, el viejo comunista fundador del Surrealismo, admirador del poeta francés Francois Villón. 

Apareció la botella de ron, el jugo de tomate, el limón,  el agua efervescente, la pizca de sal. Se hizo presente El Cubanito.  

 

Samuel Feijóo dijo que la brevedad era la virtud del genio.

Raúl Roa habla de la nostalgia y declara entre risas: "Siempre he tratado de ocultar mi hiper sensibilidad bajo la pirotecnia de mi prosa y mi prisa."

Puig, el pintor, dibuja, bebe y calla.

Felix Pita declara que cree en la belleza. Creo, junto a Novalis, que todo lo visible reposa sobre un fondo invisible. Siempre ando en busca de la belleza.

Brindan por Lam, la luz que se apaga. Brindan por Carlos Enríquez, el pintor, el que partió hacia la gloria hace años. 

Carlos pintó a Felix Pita desnudo, recostado en el triclinio.Lo pintó luego  de una  juerga. El pene flácido, descansando en el  muslo.

 El lienzo es un corte epistemológico del cuerpo de Félix. Detrás de la puerta de entrada a la biblioteca está colgado el cuadro. Su realismo es tremendo. La sangre que mana de aquel cuerpo cortado transversalmente parece que va a manchar la alfombra y temo hasta tocar el lienzo con un dedo.

Ese cuadro magnífico jamás ha sido exhibido en galería de arte alguna. 

Tampoco han sido mostradas las 24 cartulinas que pintaron con plumones, a cuatro manos, Wifredo Lam y Samuel Feijóo. Yo las vi pintar. Un solo tema, la escatología. Samuel las muestra y todos quieren robar alguna. 

Si yo hubiera sido Norberto Fuentes me habría apropiado de dos  o tres, o de todas las benditas cartulinas que valdrán millones.

 Pero me dejé engañar por el bandido de Feijóo que me prometió regalarme dos cuando las hubiera fotografiado.

Ya mediada la botella de ron,  comenzaron a contar la verdadera historia de la intelectualidad cubana del siglo veinte. No quedó piel sana. Sin piedad fueron triturados monumentos, falsos mitos, respetables famosas patrañas.

En este mundo sin par, nada es verdad ni es mentira, todo es según del color del cristal con que se mira.

Los cuatro leones miraban con cristal de aumento y  cada cuento lo remataban con la terrible sentencia "Yo estaba allí"

Atesoro mucha información acopiada aquella tarde.  Información explosiva o tonta, historias secretas olvidadas. Los cuatro leones ya están muertos.  Nada puede dañarlos. El sarapico vive aun y ama su piel y su cuello como si fueran de oro y diamantes. El sarapico es débil.


En el ocaso, muerta la tarde maravillosa, la Seguridad Personal rescató al Presidente de Cuba, alegre, rutilante, sano.

Yo llevé a sus respectivos hogares a Puig y Feijóo.

Felix Pita Rodríguez murió dos días después.



moya/1998

lahabana























 













 











1 comentario:

  1. BUENISIMO, ALGUN DIA VEREMOS LAS CARTULINAS DALO POR HECHO. Y PON EN LIBRO TODO LO QUE PUEDAS.
    NIKICHAOS

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